Mírame bien a los ojos. Sí, a esos ojos grandes y saltones que ves en la foto de arriba. Probablemente te estés preguntando: «¿Qué hace ese pug con un gorro de lana amarillo que le queda mejor que a la mayoría de los influencers humanos?». Bueno, déjame contarte una historia. Es la historia de cómo pasé de ser un simple perro que perseguía su cola a convertirme en un icono de estilo involuntario en el crudo invierno.
Todo comenzó cuando mi humana decidió que las temperaturas estaban bajando demasiado para mi «delicado cuerpecito». Como buen pug, tengo capas de grasa y amor, pero aparentemente no son suficientes contra la brisa de diciembre. Un día, apareció con esta sudadera gris. No voy a mentir, es cómoda. Me hace sentir como un atleta universitario retirado cuya única maratón actual es correr del sofá al plato de comida.
Pero entonces… llegó el gorro. Ese gorro amarillo mostaza.
Al principio, pensé que era un juguete nuevo para morder. ¡Grave error! Antes de que pudiera darme cuenta, lo tenía puesto en la cabeza. Mi primer instinto fue sacudirlo como si mi vida dependiera de ello, pero luego me vi en el espejo del pasillo. Hubo un silencio. Incliné la cabeza. «Vaya», pensé en mi idioma perruno, «tengo un aire de artista bohemio intelectual que acaba de publicar su primera novela».
La realidad de ser un perro a la moda es complicada. El gorro me da un estilo increíble y mantiene mis orejas calientes, pero también reduce mi capacidad auditiva para detectar el sonido de una bolsa de patatas fritas abriéndose a tres habitaciones de distancia. Es un sacrificio enorme.
Mi humana dice que me veo «adorable» y que mis ojos resaltan con el color amarillo. Yo digo que parezco un capitán de barco pesquero que ha visto demasiadas tormentas y solo quiere volver a puerto seguro (mi cama). Pero he aprendido una lección valiosa en este mundo de las redes sociales: si el atuendo garantiza «likes» en Instagram, inevitablemente garantiza premios extra de tocino en la vida real. Es una simple ecuación matemática.
Así que aquí estoy, posando estoicamente para la cámara, aguantando la comezón de la lana por el bien del arte y la gastronomía canina. Al final del día, cuando se apagan los flashes, el gorro vuela y vuelvo a ser solo un pug que ronca ruidosamente.
Ahora te toca a ti: ¿Tu perro también sufre en silencio por la moda? ¿Tiene un guardarropa secreto que envidias? ¡Cuéntame en los comentarios y comparte el «glamour» de tu peludo amigo!

